La primera vez que reprobé un examen… y no me importó.

Corría el año de 1999 y cursaba el sexto año de primaria. La primaria a la que asistía iba muy atrasada en aquello de la “innovación educativa”: fue durante ese año escolar que introdujeron Inglés (en todos los niveles) y Computación (solo para el sexto grado de primaria).

Todas esas cosas como el uso de la computadora, los celulares, el Internet y todo aquello de lo que la era digital nos ha provisto (y que hoy en día usamos como si fuera lo más natural del mundo), era un auténtico misterio para gran parte de la población, por lo que las clases de computación crearon gran furor entre las alumnas. Y, aunque una computadora no era algo que pudieras llevar y traer a todos lados (principalmente porque estaba conformada de un enorme monitor, un enorme CPU, teclado y mouse; requerías cables para conectar todo eso al CPU y, por si fuera poco, se necesitaba un regulador, enorme también, que por lo general tenía un enchufe de 3 clavijas) en el 99, ser poseedor de semejante artefacto, te hacía formar parte de una clase social privilegiada.

En fin. Sucedió como en todo que se implementa por primera vez. Mi grupo fue el piloto para introducir la materia al resto del alumnado se la sección primaria, por lo que parecía un juego de azar. Acierto y error.

Mi bondadoso maestro de computación era un joven entusiasta, que no nos dejó tocar una computadora en meses, porque consideró que era más importante que primero aprendiéramos la historia de tan magnífica tecnología. Toda ella. Fuimos desde cuál había sido la primerísima cosa creada por el hombre y cómo fue evolucionando, hasta llegar a ser lo que, en aquel entonces, era lo último en tecnología o al menos lo último a lo que podíamos tener acceso. Por suerte no había “tanta” información como ahora o no habríamos visto físicamente una computadora durante ese ciclo escolar.

Todo iba bien y de hecho fue bastante interesante. Del ábaco a las tarjetas perforadas, de DaVinci a Newmann, revisamos todas las generaciones de computadoras, y todo bien, pero cuando llegamos a las microcomputadoras comenzaron los problemas. El profesor decidió que debíamos memorizar todos los microprocesadores para el último examen mensual teórico. Una vez terminada la teoría, el siguiente paso era ir a la sala de computación y aprender a usar una computadora. Si la memoria no me falla, los nombres estaban conformados por una serie de números y letras, además debíamos incluir el año y la empresa.

A decir verdad, memorizar cosas solo porque sí, nunca ha sido mi fuerte y debo aclarar que, a pesar de eso hasta aquel momento, no había reprobado un examen antes. Se podría decir que en lo general me gustaba ir a la escuela y me gustaba estudiar; siempre hacía las tareas y lo hacía de buen grado porque era, como decía mi padre, mi único trabajo, pero por mucho que me esforzara, memorizar simplemente no me salía bien. A pesar de todo, hice lo propio: estudié para el examen y “memoricé” toda la lista, sin embargo reprobé: un hermoso 4 fue mi resultado. Gracias a que confié en que la tabla de microprocesadores no sería lo único que preguntarían obtuve esos 4 puntos. El problema fue la cantidad de puntos que otorgaba la dichosa tabla.

Honestamente, no me sorprendí mucho, incluso me parecía un resultado lógico. Si siempre había tenido problemas para memorizar los cientos de fechas, lugares y nombres en clase de Historia y lo lograba muy precariamente, de memorizar un listado de números y letras que, para mí en ese momento carecían de total sentido o relación, mejor ni hablamos.

Más de la mitad del salón reprobó gracias a los benditos microprocesadores y todas sabíamos que las que sí aprobaron eran las que conocían los usos de un buen acordeón. El maestro de computación nos regañó hasta ponerse rojo, nos prohibió la entrada al laboratorio de cómputo y nos agregó más clases teóricas que consistían en hacer exámenes de los microprocesadores, exámenes que seguíamos sin aprobar. La maestra del curso llevó las cosas hasta la humillación pública y remató con un castigo de 2 semanas sin permiso de salir al receso, lo que implicaba no comer tu almuerzo y pasar esos preciosos 30 minutos de libertad sentada en tu lugar, en absoluto silencio, haciendo alguna tarea extra que debía ser entregada al finalizar aquella media hora.

Cuando alguna de mis compañeras que no acostumbraba reprobar, lo hacía, generalmente lloraba y decía lo mal que lo pasarían en casa, podías ver la preocupación y el estrés en su cara y generalmente era castigada por sus padres. Mis compañeras que siempre reprobaban lo tomaban con más filosofía, como si fuera el resultado lógico después de presentar un examen. Si, era mi primer examen reprobado en todos mis años como estudiante, pero curiosamente, obtener aquel 4 me hizo sentir… pues nada, en realidad. Realmente, ni siquiera me preocupó el regaño que recibiría en casa (lo cual, para mi sorpresa, no sucedió).

Al final, la situación se resolvió con una repetición oficial del examen y después de eso, listo, ¡al laboratorio de cómputo! A decir verdad, no es como si me estuviera perdiendo de mucho: las computadoras tenían toda clase de problemas para arrancar, mis compañeras estaban demasiado emocionadas con la experiencia que a penas y se escuchaban las indicaciones del maestro detrás de todo el griterío y las máquinas eran compartidas, por lo que básicamente una persona la usaba “efectivamente” mientras que la otra solo veía. Eso, entre otras cosas que te hacían pensar que quedarte en el salón durante la hora de Computación era una mejor inversión de tu tiempo.

Debo aceptar que en aquella situación, tenía dos cosas a mi favor: la primera era que mis padres sabían que si había estudiado y la segunda era que esa era la primera vez que fallaba un examen. Lo único que me dijeron en casa cuando les enseñé el examen fue “Que no se te haga costumbre”. Lo que considero es algo importante a destacar: no porque no te importe el resultado, está bien acostumbrarte a fallar. No porque sabes que eres malo haciendo algo, está bien dejar de esforzarte por mejorar. Que no se te haga costumbre engañarte a ti mismo diciendo que hiciste tu mejor esfuerzo cuando sabes, en el fondo,  que en realidad no fue así. Creo que en realidad esa era la verdadera lección.

Y ustedes, ¿alguna vez reprobaron un examen y les dio igual? ¿Qué les dijeron en casa? ¿Hubo alguna clase de castigo? ¿Aprendieron alguna lección de ello?

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Autor: María Pérez

Cuando era niña alguna vez soñé con convertirme en una gran escritora y fotógrafa. Actualmente soy ingeniera civil pero sigo insistiendo en mi futuro humanista. Tengo muchas historias, pero todas pasan en mi cabeza. Ahora trato de dar el siguiente paso y comenzar a compartirlas.

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